sábado, 16 de agosto de 2008

I n d i a n i d a d por Eloy Reverón

La solución de los problemas de la Indianidad no se vislumbra a corto plazo debido a los prejuicios ideológicos y raciales que se ciernen sobre la realidad de este sector minoritario que habita en un inmenso ecosistema que abarca cerca de la mitad del territorio de venezolano, por demás, históricamente excluido y olvidado. Sin tomarlo en cuenta como a un Indio con mayúscula, se le olvida adrede o por ignorancia o por intereses económicos. El asunto se percibe en la actitud del criollo hacia el Indio donde se asoma una odiosa mentalidad muy arraigada a nuestras raíces coloniales, heredadas de cinco siglos de modernidad y de conquista ideológica que no había recibido respuesta conciente por parte de una sociedad conquistada por esa Cruz, que en el presente histórico está complementada por los medios de comunicación pagados por los colonizadores del siglo XXI, tal como se podrá apreciar en el desarrollo del tema que proponemos mediante la presente publicación.
Esta referida mentalidad colonialista, o supraestructura ideológica de dominación, no se afianza menos porque el criollo todavía colonizado, no admita su condición haciéndose el desentendido, sino porque forma parte del ser nacional, condicionado por la ideología de la Cruz que bendijo la conquista y maldijo la independencia; (al contrario de la Cruz de Leonardo Boof, que bendijo la de liberación mediante la praxis de una Iglesia para los pobres excluidos).
Muy a pesar de la ruina generada por las guerras civiles que azotaron a Venezuela entre 1811 y 1903, la resistencia contra el imperio continuó en una nueva fase contra el imperialismo, porque cambiaron los herederos de la hegemonía, y lejos de apaciguarla, alimentaron la ideología colonialista con todos sus temores y sus nuevas maneras de vender indulgencias.
Lo sorprendente es que todavía después de casi una década de una intención oficial, no se haya desarrollado una política cultural que logre, de manera integral, la toma de conciencia respecto a una Historia de Venezuela capaz de entender y hacer comprender que la Historia de Nuestra América es la historia de un conflicto entre las fuerzas de dominación por un lado que han enfocado sus políticas de manera sistemática frente a unas fuerzas de liberación que no han actuado coordinadas en conjunto. Una lucha incesante de la libertad que no se dio cuenta que fueron más fuertes las cadenas mentales forjadas por el autoritarismo desde los púlpitos y la ideología derivada de la producción colonial, que el dominio con las armas y la política. Que al fin y al cabo, son estas dos últimas, dos formas de dominación tangibles. Pero la dominación ideológica no se ve, pero aún existe, aunque Santo Tomás no la vea.
Nuestra propuesta consiste en una relectura crítica de nuestra cronología histórica, de los problemas más relevantes que le corresponde resolver a la historia para que sean tratados desde nuestra realidad hispanoamericana con una visión nítida del pasado para poder entender con claridad el presente, y, finalmente, para una adecuada proyección de nuestra cultura revolucionaria, adscrita a un proceso de cambio genuino que llegue más allá de los decretos presidenciales. Porque es a nosotros, los historiadores a quien nos corresponde repensar nuestra historia con un criterio liberador, que afiance nuestra voluntad de cambio hacia el mundo que queremos construir, o al menos, salvarlo de la destrucción.
El obstáculo ideológico que tenemos más a mano es la mentalidad colonialista sazonada desde aquellas legendarias historietas del perrito Rintintín y del Llanero solitario, por recordar algunos de los ejemplos de la cultura neocolonialista que nos presenta a un indio con minúsculas donde se refuerza la imagen estereotipada por el positivismo, la del indio salvaje, o sumiso a un anónimo enmascarado blanco, que representa simbólicamente a una Ley y una Justicia racista y esclavista, disfrazada como el Llanero solitario, donde andar con un indio es andar con nadie, y que nadie de este lado se de cuenta, que desde el punto de vista de quienes nos dominan, Indios somos todos nosotros.
Si después de la lectura de este ensayo, el lector percibe o al menos ubica de dónde viene ese discurso massmediático de la religión contemporánea del consumo y el desecho que hace su trabajo hipnótico y constante, y que trata de amansarnos. Si se mantiene esta ideología en el Régimen Burocrático, en la educación que imparte, en la historia que se enseña, y en la cultura que aún impera, que no acusa evidencias de estar consciente de que la peor amenaza para la independencia económica, es la dependencia ideológica montada por el colonialismo y el neocolonialismo, y que no es posible vencer sin antes ganar la batalla de la independencia ideológica. Entonces la revolución o cualquier esperanza de construir un mundo más sustentable y justo, se desvanece como se desvaneció nuestra lucha por la independencia al día siguiente de la batalla de Carabobo, cuando se impuso la nueva clase de Libertadores que regresaron de la guerra a ocupar los latifundios que habían arrebatado a los enemigos de la República.
Si existe un asunto donde estaban muy claros los conquistadores de hace quinientos años, es que sus cadenas mentales no estaban tan consolidadas porque mantenían vivos sus recursos en cada área de dominación. En el presente no es muy diferente porque hoy queda mucha gente que pretende que no existen formas sutiles de dominio colonial o nos creemos muy libres. Al menos esa es la principal amenaza al proyecto Bolivariano porque esa fuerza de dominio tiene cinco siglos de consolidación, ninguna modalidad de dominio cuenta con semejante tradición, ahora catapultada desde los medios de comunicación.
La cultura de la colonia tiene una manera de ver las cosas, que impide percibir las formas sutiles de dominio. Es necesario escribir la historia de la dominación colonial, y su mentalidad labrada durante tanto tiempo. Vale la pena reiterar, que la gloriosa independencia fue una relativa independencia política y militar. La visión revolucionaria de la historia necesita tomar conciencia plena y transmitir a las nuevas generaciones una historia veraz y liberadora. Saber que la independencia política neutralizaba tan solo dos de las fuerzas de dominio: la política, representada por la Corona; y la fuerza coercitiva de las armas representada por la Espada; pero la Cruz y el avance de los conquistadores de El Dorado, representado por el Sol, se mantienen hoy tan sólidas como en el siglo XVI.
Por tales razones, todo lo expresado conduce a una idea. La esencia del conflicto Indio está en el avance de la Conquista que aún no ha terminado, que indios somos todos los tomados por menos por el discurso de la modernidad y la postmodernidad. Aferrado a su eurocentrismo, desde una universalidad donde el otro no pertenece a su universo.
Esta tesis genera conflicto con una pedagogía tradicional que se imparte en la escuela primaria que divide, y memoriza mecánicamente a la historia en Descubrimiento, Conquista, Colonia, Independencia, y termina casi como un cuento de hadas con la Vida Republicana. Pero la investigación contrapone la idea de que la Historia es una sola, indivisible, y no ha terminado.
Una revolución legítima plantea el conflicto entre dos historias; la primera, la del Colonizador, sutilmente autoritaria, ideológica, que condiciona nuestras mentes, elaborada pacientemente por el Conquistador durante quinientos años que no han terminado. No concluye aún porque los buscadores de El Dorado continúan como langostas devorando lo que queda de selva. Se han mutado con el paso de las generaciones de manera similar a sus colegas microscópicos, aquellos que transmiten el síndrome de inmuno deficiencia. Mutaron también su nombre, para poder olvidar a los mineros que durante el siglo XIX, se fueron apoderando del occidente del Esequibo. Y que curiosamente, iniciaron su avance, apenas España reconoció nuestra independencia.
La única diferencia notable entre aquellos mineros y los actuales garimpeiros es que estos últimos le están transmitiendo a la Tierra, una suerte de sida que paulatinamente va convirtiendo al Amazonas en un Sahara porque los Médanos de Coro resultan muy pequeños para compararlos. Pero los delirios de la fiebre del oro, y los efectos hipnóticos de la publicidad colonialista, hacen que esta reflexión luzca melodramática, pero no por ello debe dejar de ser objeto de nuestra reflexión.
En tal sentido los símbolos de la Cruz, el Sol, del Dorado, La Corona, y la figura ecuestre con su lanza y su espada se sumergen en nuestra historia como vectores de la fuerza de dominio colonial. El primero es de orden religioso ideológico y no solo continúa vigente sino también es mutante y se puede manifestar como red de emisoras de radio, televisión y agencias noticiosas. La segunda como una fuerza de dominación económica que se traduce en un modelo colonial de producción diseñado exclusivamente para satisfacer las necesidades metropolitanas, la búsqueda de El Dorado tampoco ha terminado. La Corona que representa los imperios del mundo de ayer y de hoy, recibió la liberación por la fuerza de las armas, pero quedaron intactos los vínculos de dependencia al mercado internacional. Así, por más que surjan Quijotes sin mancha y sin lanza con el fuego de su voz siempre el Indio a tenido que dar un paso atrás para darle paso al progreso.

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